sábado, 10 de diciembre de 2011

Todo empieza en un hogar, mal denominado así, donde reinaba la oscuridad por todas partes… Si recorrías el lugar, darías vueltas en círculo; no encontrarías una sola gota de agua, de tierra, mucho menos de sociedad, donde no se vive a pleno ni el presente ni el ahora. Ahí es donde se encuentra un alma con forma humana. Alma: ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? ¿Qué hago acá? Cuando de repente, la pobre alma perdida escuchó una voz que le decía. Voz: tranquila… da miedo, ¿no? Tengo muchos nervios por vos. Alma: Una vez más pregunto: ¿Qué es esto? Queee... quee... ¿Quién sos? Voz: Esto no es nada, estás en la nada; para muchos es nada cuando es mucho o todo… A la vez, estás a pocos pasos de una alegría ajena cercana. Tiempo al tiempo, entenderás y será también tu alegría. Ya va a haber tiempo para los mimos, los abrazos y los besos. Alma: ¿Alegría? Creo que una vez la sentí. Voz: ¡Claro que la sentiste!, pero nunca te diste cuenta. Sentiste sin sentidos, pero sabés lo que es… Lo que no sabés es que, noo, agarrate… En ese preciso momento, el extraño lugar empezó a moverse. Voz: ¿Te inquieta, ah? Alma: (Con un sentimiento dudoso) —Cosa (refiriéndose a la voz que escuchaba), siento ganas de salir ya de acá. Ayudame, por favor. Voz: No me invoques, no puedo hacer nada, lo siento. Lo peor es que, en un punto muy grande, no te vas a acordar, y por otro lado sí, y ese es el más importante. Aunque la mayoría de las veces se pierde, no todos son privilegiados. Alma: Me encantaría entender todo lo que decís y muy lindas tus charlas, pero nunca me respondés mis simples preguntas. Voz: ¿Ahora? Sí te las respondo, te aburrirías. Además, es lo primero que se sabe. Alma: Está bien, está bien, pero por favor, que pare esto, que me mareo (ya no soportando el movimiento de su "hogar"). Voz: Ya va a parar. Afirmá tu presencia, que se detiene. Haceme caso. Después de una larga y extraña charla, el lugar se detuvo, pero esta vez empezó a hacer un ruido nunca antes escuchado. Alma: ¡Nunca gano! Si se detiene, hace ruido. Voz: Los deseos también cambian, recordalo. No es cuestión de ganar o perder en esta vida. Alma: ¿Qué es lo que me pasa ahora? (Sospechando de que algo no andaba bien). Voz: A ver… Yo lo describiría como hambre. Alma: ¿Hambre? Es… Voz: Sí, sí, cuando tu organismo te pide alimentos a gritos. Alma: Cada vez se pone más difícil esto. Voz: ¡Vas entendiendo! Cuanto más alto trepa el mono, el culo más se le ve. Alma: ¿¿Ah?? Voz: Nada... ¡dejá! Por este conducto saciarás tus ganas de comer. Alma: Va desapareciendo. ¡Muchas gracias! Voz: Querida, falta cada vez menos para la “libertad en prisión”. Afuera no se descansa como acá. Tenés que dejar tu corazón para seguir tus sueños. Los demás no te van a ver con la ternura de tu adorable casa. En lugares extraños, con tantas preguntas, te hubieran callado con la muerte… Pero es así... Es, es... es... Con el lugar sin movimiento y sin ruido, el silencio que quedó fue casi divino. Alma: Cosa, quiero cambiar el afuera por el adentro. Voz: Eso es lo que anhelo… Tenemos una chance, no la desperdiciemos. Cantemos envido con treinta y tres de la misma pinta, cantemos truco con nuestra arma más poderosa. De nuevo retumbó todo, pero esta vez de una forma “preocupante”. Alma: Tengo miedo (con ganas de llorar). Voz: Siento lo mismo (con más ganas de llorar). Alma: Y si… pasa que… (Un silencio de 2 minutos) solo de pensarlo se me eriza la piel. Voz: Perdón… pero como decía, en el exterior vas a ver muchas discriminaciones sociales, raciales y de todo tipo que nadie sabe. El deseo que sentiste, multiplícalo por un número que solo Einstein descifraría… (Mencionando al hambre). Alma: ¡No me asustes más de lo que estoy, por favor! Ahí se vio una luz incandescente que provenía del norte, que se agrandaba hasta adquirir un tamaño al cual un alma de forma humana podría librarse de la “cárcel” en la que se encontraba. Voz: ¡Mirá! ¡Mirá! ¡Arriba! ¿La libertad? Alma: ¿Qué hago? ¿Lo festejo? Antes de salir… respóndeme las preguntas cuando te conocí. Voz: De acuerdo… Estás ahora en la mejor parte de tu vida, solo que no te lo dije en un principio porque me tomarías como un loco, ¿o no? Alma: Fracasaste igual. Voz: Tu objetivo es único, así lo desea Dios. Ya la luz cada vez más cerca, la oscuridad se transformaba en claridad. Faltaba poco para el gran momento esperado inesperado. Voz: Lo que “deseaste” se está logrando. Alguien va a sacar las copas más lindas que tiene en su casa hoy por vos… solo por vos. Alma: ¿Cómo se sentirá eso? Me invade la alegría y la incertidumbre… pero antes del adiós te ruego que me digas: ¿quién sos? Voz: Acostumbrate a mí, yo soy… *Un grito de bebé inundó la sala de parto del hospital, con un doctor limpiando a la criatura que estaba empapada de sangre, otros dos médicos con un rostro sonriente porque su objetivo se cumplió tal y como prometieron. También se podía ver a una joven mujer sudando hasta la última gota que podría destilar. La joven mujer se llamaba Lucía y pedía con las manos extendidas que le dieran a su gran dolor, pero más a su gran alegría. El uniformado, con mucha felicidad, dijo: —¡ES NIÑA!, acaba de dar a luz a una hermosa criaturita— y de inmediato le dio la niña a Lucía. Esta besaba la cabeza del bebé y la hamacaba mientras le decía con mucha ternura: “Yo soy tu mamá”. La miró de arriba abajo (tardando solo unos segundos) y, con una voz entrecortada de alegría y dolor, les dijo a los doctores: —Mi hija, mi querida vida, se va a llamar Alma.

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