“I’m wary of starting my spin-off. I’m glad to at least be saying goodbye to this project that makes me feel like I’m living every day in the Groundhog Day movie, doing the same thing over and over again.”
Eso cuenta Jennette McCurdy en su libro "I'm Glad My Mom Died", creyendo con cierta inocencia que, en un futuro, va a tener su propio programa en Nickelodeon.
Hace dos entradas mencioné la misma película, en lo que fue un día súper gris para mí. Sé que ni ella ni yo estamos siendo originales —es más, debería existir un síntoma como el “síndrome de Truman”, de la excelente película The Truman Show— con este mismo sentimiento. Capaz ya sucede y es algo que sabe todo el mundo, pero hoy no tengo ganas de averiguarlo, así que me permito vivir con esa duda.
Nunca me va a dejar de sorprender cómo la vida te pone esas casualidades —o causalidades— frente a frente cuando nos enfocamos en un tema especifico.
PD: El libro es genial, lo terminé hace unos dias y sigue dando vueltas por mi cabeza. Ya voy a escribir más sobre el. Jennette, Yo también agradezco que tu madre esté muerta.
La Ruta del Tentempié
Soy un típico ser
jueves, 27 de agosto de 2026
lunes, 10 de agosto de 2026
Por suerte, la música me sigue poniendo "la piel de gallina". Químicamente, no sé qué estará pasando por mi cabeza, pero es placentero y siento el pico de éxtasis que recorre mi cuerpo y se exterioriza para que, efectivamente, pueda ver que lo que me está pasando realmente existe, y eso me conmueve. El primer registro que tengo será a unos once o doce años de edad, acostado en lo que era la cama de mi hermano. Me puse auriculares y le puse "play" al Discman que era de mi papá. Todavía atesoro esos fuegos artificiales como si lo estuviera escuchando por primera vez, en esa cama y con esa ingenuidad. "De regreso a Oktubre, desde Oktubre" es la primera frase que suena, entre coros y tonos oscuros. Me considero afortunado: la vida se dignó a poner todo en orden para que pueda acceder a ese Discman, a esa edad y con ese disco, al cual considero el mejor CD del rock nacional (aunque probablemente no lo sea, ¿o sí?).
No siempre se tienen recuerdos de momentos como ese. Es decir, por más que hago esfuerzo mental, no puedo llegar a visualizar la primera película que vi en el cine, ni lo que me hizo sentir, y eso que me considero fan del mismo. El 5 de junio de 2026 falleció "el Indio" y lo sentí muy cercano; no al grado de la muerte de un familiar, pero sí al grado de perder una parte de mí mismo... Y no es de extrañar: mucho de lo que soy fue por escuchar su música. Seguramente sueno pretencioso, y seguramente lo sea, pero aún tengo la dicha de que un conjunto de melodías toque esa fibra.
lunes, 20 de julio de 2026
Perder inspiración es apagarse. Las ideas ya no suben ni me aparecen con la misma claridad que hace algunos cuantos años atrás. El "síndrome de la hoja en blanco" ya me tomó por completo y se adueñó. —Tenés que escribir —me dijo una tarotista que se gana el pan a metros de donde trabajo. El problema es que la creatividad —a la cual la tomaba como una virtud— no aparece, o realmente no apareció nunca, y ahora, con los años, recién me estoy dando cuenta de eso. Creo que con esta entrada es empezar de algún modo, o continuar, pero debido al tiempo de inactividad, al bajar en palabras lo que soy, realmente lo cuento como un abandono. Me niego a usar cualquier tipo de inteligencia artificial para inspirarme o escribir, prefiero que las entradas sean una verdadera cagada antes que unos cuantos códigos y agua tomen lo poco de este blog y opiniones. Hoy es 20/07/2026, un día después de que Argentina pierda nuevamente una final del mundo, y un Día del Amigo atípico. No recuerdo un día tan gris como este, me llegan y devuelvo mensajes, pero realmente no quiero hacerlo (estoy muy agradecido igual, no está mal sentirse querido de tanto en tanto). El día pareciera estar empeñándose en durar lo máximo posible, y yo lo único que quiero es que se acabe, tengo miedo de que se convierta en mi propio "Groundhog Day". Aprovecho la elasticidad de las horas para publicar esta mediocre entrada, pero, por otro lado, un poco desahogado.
Esta vez sí prometo no abandonarte.
lunes, 3 de julio de 2023
lunes, 9 de marzo de 2020
Penumbra
La penumbra, su letal enemiga, lo instiga a desmantelarse durante largos períodos introspectivos. Por suerte —o por falta de la misma—, su cuerpo consumido se regenera cada mañana como la del general en su laberinto.
Los sentidos ya entumecidos lagrimean a cada copa de vino, y las risas contagiosas apuñalan desde el rincón de algún lugar perdido.
De personas que sonríen famélicas de vida y obesas de drogas sintéticas, donde el espejo les devuelve histeria, miedo y algo parecido al odio. A su vez, de fondo suena la banda sonora de una historia antigua, podrida y sepultada, mientras la brillantez se atasca a cada sorbo por demás innecesario.
Golpeados de afecto y anestesiados de razón, vomitan desde el interior de las entrañas recuerdos felices que equivocadamente invocan mediante el fondo blanco de una botella de plástico recortada.
El aquí y ahora se esfuma como la estabilidad de unas piernas endebles, temblorosas, y la sordera que desinhibe al más duro cemento, que suplica por su propia vida pero que no sabe cómo ponerlo en palabras.
Nuevas marcas de ropa que visitan el suelo de tanto en tanto y, de costado, abren paso personas indiferentes al dolor ajeno, cegados y negados a estirar la mano.
Del cielo invade la noche, invitando al banquete a gente que no sabe lo que quiere, desnuda de conocimiento y abrigada hasta el cuello de prejuicios. Por suerte, la música amiga que siempre tranquiliza acaricia el alma con tanta violencia que los vellos del brazo se manifiestan con la delicadeza y genuinidad de la cual no se toman descanso hasta que el placer se asila a cada tono roto de Charly García.
Queda poco para que se haga de día y el viaje es cuesta arriba. El cuerpo tendido, moribundo, se traslada sostenido por una dama con una fragancia a marihuana y aliento a bebida blanca. La billetera vacía, la mente intranquila y los demonios intactos, observando de cerca un nuevo acto frustrado.
jueves, 1 de febrero de 2018
Capítulo 13
Ya empapado en la mezcla de sudor y agua helada de la canilla, me miré al espejo —al que le esquivaba tan solo por el reflejo que me devolvía—. No me gustaba cómo me veía en este momento, pero eso no era motivo de encerrarme en la decadencia de escuchar música y escribir solo y para cuestiones de trabajo, como lo había hecho unas semanas atrás, pensé.
Salí del baño y fui a buscar directamente a mi acompañante, que no se tomó la cortesía de esperarme. No me enojé, seguramente yo hubiera hecho lo mismo. Fui a la barra y me compré un vodka. Hacía dos semanas que no me emborrachaba y no pensaba estirar el récord más tiempo. Me senté en una silla giratoria próxima a la barra, le pedí al bartender un poco de limón y sal, cerré los ojos y, sin pensármelo mucho, lo tomé de un solo sorbo. No tardé en pedirme un segundo shock, esta vez sin limón ni sal. Me sentía asqueado, pero sobrio. Pedí un tequila; no sabía muy bien cuál era la diferencia con el vodka, pero quería cambiar de sabor. No noté ninguna.
Me paré para pagarle al barman y caí en la cuenta de que poco podía mantenerme en pie. Con mucha dificultad saqué mi billetera y saldé mi deuda. No tenía ningún plan para la noche. Había vuelto a recaer, y acostarme en mi cama a maquinar no me parecía una buena idea, incluso borracho.
Afuera seguía estando muy frío, aunque no lo sentía. Me di cuenta de eso porque la gente iba bien abrigada. Caminé —o, mejor dicho, tambaleé— tratando de encontrar el lugar donde podía sentirme a gusto. En el trayecto se me acercaron tres tipos con unas pintas fatales. Se notaba que estaban en situación de calle. Me ofrecieron marihuana o la droga que pidiera. No sabía el contenido de lo que iba a fumar, pero estaba dispuesto a hacerlo. La última vez que había fumado fue con Eduardo en el prado de nuestra facultad. Eran de su propia cosecha y olían realmente bien. Me acuerdo de que no paró de hablar del libro El príncipe, de Maquiavelo. Repetía una y otra vez, recordándome: «Para aprender que la gente que no tiene el poder hará todo lo posible por adquirirlo, y la gente que lo tiene hará todo lo posible por mantenerlo». Sigo sosteniendo que es un tipo muy inteligente, pero difícil de llevar.
Compré uno suelto. Ya estaba muy borracho y el sentido del juicio razonable se me estaba nublando. Fui a un kiosco, pedí lillos y una lata de cerveza —lo sé, me estaba autodestruyendo, gracias por pensarlo—. Saqué la marihuana compactada y la destrocé con mis dedos. Nunca antes había armado uno y, sin dudas, no estuve a la altura de las expectativas. Ni de cerca lo que me vendieron llegaba a ser marihuana «pura», y mucho menos alcanzaba para uno entero, pero no importaba.
Tenía un encendedor en el abrigo. Siempre llevaba uno por la costumbre de que a Ludmi siempre se le perdían y me los daba a mí por ser más «cuidadoso». Abrí la cerveza y la apoyé en el suelo. Le di tantas pitadas que no llegó a durar nada. No sentía el efecto, o ya estaba recorriendo mi cuerpo y no lo notaba por el alcohol. La lata de cerveza me duró lo mismo que la marihuana.
Estaba en una calle oscura donde no pasaba nadie. No quería quedarme ni un segundo más. Ahora sí me sentía totalmente aturdido y con ganas de estar tranquilo en algún lugar con música. Tenía en mente volver al sitio donde el pianista interpretó a Chopin, sin esperanzas de que todavía siguiera con su show.
Una vez dentro, estaba en lo cierto: el piano estaba abandonado. Antes de acomodarme, decidí verme en el espejo para ver cómo iba. Sin dudas, estaba hecho mierda, pero seguía conservando algo de elegancia. Me senté en un sillón negro, esta vez alejado del escenario. Estaba por demás cómodo, o así lo sentía en ese momento. Pedí un ron con coca y, en la espera, me puse a ver a las personas. Me preguntaba qué clase de mentiras se estaban diciendo los unos a los otros, o hasta qué punto exageraban sus historias.
Sentado unos sillones más lejos, pude distinguir al pianista acompañado de tres mujeres muy hermosas. Se notaba que sabía controlar la situación perfectamente porque los cuatro se notaban cómodos. Cuando me llegó el ron con coca, tuve el atrevimiento de acercarme hasta su mesa —normalmente no lo hubiera hecho, pero realmente no me importaba—. Me presenté y le conté que lo había escuchado, aunque por un breve momento. Muy educadamente me agradeció y me hizo lugar al lado de una de las chicas.
Su nombre era Anton, y el de las tres chicas, Luisa, Nadia y la tercera no lo recuerdo. Pidió rondas de ron con coca por el solo hecho de que se le había antojado, porque me vio beberlo. Ellos estaban tomando unos martinis, a lo que me comentó que era «un trago muy caro solo por llevar aceituna».
Continuaba metiéndole alcohol a mi cuerpo. Los párpados me pesaban toneladas y cada vez se me dificultaba soltar alguna palabra, menos una oración entera. Anton me invitó a seguir la noche con él y las mujeres en su casa. Asentí sin pensarlo dos veces. No dudé de que sería un buen anfitrión.
Su casa quedaba a seis cuadras del bar. A decir verdad, me imaginé que sería más linda, viniendo de un tipo que toma martinis y se invita rondas de ron con coca. Ni bien entró, Anton tomó a Luisa por la cintura y la besó. Las otras chicas se reían por la situación y se me acercaron.
El pianista se acercó hasta su reproductor de música y puso «Why Can't I Touch It» de The Buzzcocks. Lo reconocí de inmediato. Nadia fue a buscar un plato y cuidadosamente peinó cinco rayas de cocaína. Prácticamente se abalanzaron sobre el plato, quedando solo una raya: la mía. Me acerqué y la aspiré. No iba a hacer las cosas bien a esta altura de la noche.
—Ahora queda la droga del amor —dijo Anton, sacando de una bolsa unas pastillas.
—Hoy estás de suerte, Lemuel. Por ser mi invitado, hoy te tocan dos chicas. Yo me voy a esta habitación con Luisa. Si querés, ahí tenés otra habitación —la señaló con una mano de Parkinson— o podés usar el lugar de la casa que prefieras, mientras limpies después —se reía, pero no emitía ningún sonido.
Ingerimos una pastilla cada uno. Cuando Anton se fue a la habitación agarrado de la mano con Luisa, Nadia y la otra no perdieron el tiempo y empezaron a tocarse y a tocarme. Me sentía demasiado borracho y drogado para mantener una relación sexual. No quería pensar con dos. La pastilla me hizo efecto de inmediato y me sentía con ganas de hablar y tocar a las dos hermosas mujeres.
No entendía muy bien cómo había terminado en aquella situación, pero no estaba dispuesto a torturarme, así que decidí seguir el juego. Estábamos los tres completamente desnudos en el living, y una de ellas me pidió, a modo de favor, casi rogando, que la golpeara. Con lo alto que estaba el volumen de la canción, podría asesinarla a golpes que nadie lo notaría.
miércoles, 18 de octubre de 2017
Capítulo 12
Hola, de nuevo. Han pasado varios días y me he puesto a reflexionar si extraño a Ludmila por un mero acto de egoísmo, o si en verdad se me hace indispensable una vida sin ella. Es decir, si estoy enamorado de ella, o estoy enamorado de mi cuando estaba con ella. Si cada lágrima que derramé y sigo derramando fue por su partida, o fue por el hecho de dejarme sólo cuando me sentía a gusto con la monotonía de su presencia. Son pensamientos fríos que el tiempo me ha puesto en el camino y no he sabido esquivar. De esa forma gasto - o malgasto - mi tiempo... pensando, pensando y pensando. Me esta poniendo realmente enfermo todo esto. Lo sé, no te hablado en mucho tiempo y te vengo con estos planteos, tomate tu tiempo para digerirlos, te espero.
Por otra parte, ella fingió durante los últimos meses - o tal vez, años - ser feliz, y de querer encontrarle el lado bueno a las mínimas cosas. Ella también fue egoísta si somos críticamente justos, sé que mis palabras ahora mismo parecieran las mismas de un robot de marca nipona más que de una persona, pero supongo que es porque estoy creciendo como persona, o simplemente soy un tipo muy angustiado... vos me dirás. Algo tengo claro, y es que la extraño, ella poseía de esas personalidades que se penetran en uno y son capaces de lograr maravillas... o destrucción, según sus valores y ética. Ludmi, era de las primeras, sin dudarlo. Podía manipular a su antojo a quien quisiera, aunque manipular tenga connotaciones negativa en muchas personas, cuando puede ser algo perfectamente positivo también. Me gustaba comparar esa palabra con el sabor preferido de ella, el "pistacho". Todavía sigo sosteniendo de que es un sabor horrible igual.
Pensé en aquella noche en el bar triste, sucio y oloriento que solía frecuentar los jueves, esa misma noche que había tenido sexo con una total desconocida, el causante que desencadeno que me cuestione sobre lealtad y amor a Ludmila. Estaba dispuesto a llamar a aquella chica para preguntarle que tanto la conocía a ella y ver si podía responderme algunas inquietudes, aunque de por sí, ver su nombre en la agenda del celular "Maria" significaba un dolor punzante en mi estomago, no quería imaginarme el verle la cara de nuevo, claro, todo esto si se acordaba de mi y estaba dispuesta a reencontrarnos. Al cuarto intento pude contactar con ella, que al parecer estaba igual de sorprendida que yo por el llamado, no me reconoció hasta detallarle aquella vergonzosa noche de helada máxima en aquel bar. Sonaba cortante al saber quien la llamaba pero accedió a verme, solo con la condición de que fuera esta noche, porque las demás por alguna razón se les complicaban. Quedamos en reunirnos a las nueve de la noche en la calle más recurrida e iluminada del centro, ubicación que cualquier turista interesado en esta ciudad le recomendarían ir.
Busque ropa que ponerme, tenia la misma desde hace un tiempo largo, parecía un dibujo de los años '90 cuando abren el placar y tienen la misma prenda repetida numerosamente. No buscaba impresionar a nadie, así que mucho no me importo. Prendí la ducha con la canilla caliente a más no poder, mi intención era que el intenso humo de vapor inunde el baño. Busque un reproductor de música para que me acompañe en la ducha, solía escuchar música alegre, pero mis últimos baños habían sido con "Radiohead" de fondo. Ya afeitado y limpio, me serví una taza de café, me termine de secar, me vestí y pedí un taxi. Podía ir caminando pero no me apetecía.
Le pague al chófer y me baje del taxi, no era un tipo muy amable. Eran las ocho y media, tenia algo de tiempo para ver que oferta cultural me ofrecía la noche de jueves. La música era la misma a lo largo y ancho de tres cuadras, no exagero, literalmente la misma. Entre tanta gente y conversaciones, ruidos y melodías repetidas, pude distinguir un piano que sonaba hermosamente bien, a cada tecla que presionaba su artista me acercaba un paso más a su interpretación. Por lo que pude percibir se trataba de las obras del talentosisimo Frédéric Chopin. Conocía su música debido a mis padres, que por causa del mito de poner música elegante y clásica a sus hijos en la panza, su desatollo intelectual aumentaría mágicamente antes de ser concebido, cosa que es totalmente falsa y hasta cierto punto estúpida, pero gracias a ese mito, mis padres se encariñaron con sus obras y me la legaron.
Di con el paradero del lugar, no parecía muy elegante como su música, pero quería entrar a comprobarlo por mi mismo. Antes llame a Maria para ver si estaba de acuerdo con aquel lugar, no quería ser pretencioso - aunque lo estuviera siendo - a nadie les agrada los pretenciosos. Ella acepto de una forma no muy convencida. Le comente de ir a otro lugar si quería, sabiendo que mis ánimos no estaban para ninguna música festiva tal cual como mis duchas. Al entrar era un salón bastante oscuro, pero mucho más elegante que su exterior. Visualice una mesa cerca del pianista, quería estar lo más cerca posible de sus excelentes interpretaciones, le pregunte a la moza si me podía acercar una cerveza a la mesa más próxima del piano, lo que me afirmo con su cabeza, así pude saber que no estaba reservada ni nada por el estilo. Me senté y toda la atención y concentración fue dirigida a los dedos que acariciaban las teclas blancas y negras del piano, sonaba perfecto, mi cabeza estaba en paz. La vibración de mi celular casi entorpece la melodía, atendí con voz muy baja, era Maria diciéndome que estaba afuera, que conocía un lugar mejor que ir. Me parecía una falta de respeto retirarme antes de que el habilidoso hombre terminara sus interpretaciones, pero tenia que hablar con ella si o si. Tome la cerveza en tiempo récord, pague de inmediato, y mediante un gesto de cabeza intente saludar al pianista que obviamente no me vio.
Me acordaba muy poco de su cara, pero sabía que era ella, nos saludamos de manera incomoda y me propuso ir un bar de un conocido de ella calle abajo. Estaba vestida de forma provocativa y sin mentir le quedaba muy bien. No hablamos, ni nos miramos hasta llegar al bar, que estéticamente era más lindo que el anterior, pero muchísimo menos interesante. Saludó a un grupo de personas y subimos unas escaleras hasta una mesa que parecía reservada para nosotros.
- ¿Qué te pido para tomar? - me dijo, sin siquiera sentarse en la silla
- Ron con cocca - le dije de forma tímida y en voz baja
Ella misma fue hasta la barra, se le acerco al barman amablemente y le dijo algo que no pude distinguir. Yo me sentía un poco incomodo por la situación, pero era algo que tenia que hacer, o al menos eso me repetía a mi mismo, una, y otra vez. Maria se acerco a la mesa con mi ron con cocca y para ella se servio un vodka. Por lo poco que me acordaba, era una mujer que le gustaba tomar alcohol.
- Bueno, me llamaste solo para verme, o vamos a hablar de algo - lo dijo de una forma casi desafiante
- Disculpa, te llame para hablar de una persona que capaz conoces - le había comentado un poco para que no se lleve una desilusión
- Si, algo me dijiste e intuía ¿Quien es esa persona tan interesante que te mueve de tu casa y te trae hasta acá para verme? - Su voz era decidida y firme, no titubeaba
- Ludmila Darleen, ¿La conocías?
- Si, me entere que se suicido, lo vi en las noticias y por las redes sociales, me impacto al principio... pero no la conocía mucho, antes estábamos relativamente mucho tiempo juntas en la universidad, pero ella se empezó a apartar, también nos habíamos cruzado algunas veces en distintos lugares. ¿Qué hay con ella?
- ¿Si?, te puedo preguntar ¿en que lugares la viste por ultima vez? - sabía que no había ido en vano, alguna pista o algo podía sacar de esta charla
- En fiestas de universidades, y la última en una casa de un borracho que saco un arma sin balas y fingía que le disparaba a sus invitados, un loco asqueroso realmente. Me acuerdo que estaba Ludmi con su novio. ¿Por qué queres saber tanto?
- Connn.. ¿su novio? - No podía ser, no había ido a ninguna fiesta con ella en la casa de un borracho que apuntaba con un arma a la gente, me hubiera acordado al instante
- Si, un chico bastante lindo de la universidad, muchas quisieras estar con él. No entiendo como una mujer tan linda se atreva a quitar la vida, que desperdicio - se sentía que lo decía sinceramente pero con desprecio
No pude soltar ni una sola palabra, si mis días venían en picada ahora directamente estaban condenados a caer en un pozo a caída libre con una roca de mil toneladas atada a mi espalda. Esto me estaba ayudando a responderme mis preguntas sobre el amor con ella, de la manera más dolorosa e hiriente, pero de alguna manera en fin. Igual seguía dispuesto a saber qué fue la que lo llevo a quitarse la vida de esa manera, y no sabia si catalogar la opción de infidelidad como una causante de la misma, tal vez, el tipo que estuvo con ella era el mismo que la prostituta me describió, faltaba una chica. Me levante para ir al baño a secarme las lagrimas, mojarme la cara, y preguntarle sobre aquel tipo, y si ella estaba aquella noche a la salida del museo. La estaba pasando fatal, pero el misterio de su muerte era lo único que me quedaba en la vida, la única razón por la cual me levantaba a la mañana, y no estaba en mis planes quebrarme emocionalmente y abandonar todo esto.
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