La penumbra, su letal enemiga, lo instiga a desmantelase
durante largos periodos introspectivos. Por suerte - o por falta de la misma - su
cuerpo consumido se regenera cada mañana como la del general en su laberinto.
Los sentidos ya entumecidos lagrimean a cada copa de vino, y
las risas contagiosas apuñalan desde el rincón de algún lugar perdido.
De personas que sonríen famélicas de vida, y obesas de
drogas sintéticas, donde el espejo le devuelve histeria, miedo, y algo parecido
al odio. A su vez de fondo suena la banda sonora de una historia antigua,
podrida y sepultada, mientras la brillantes se atasca a cada sorbo por demás innecesario.
Golpeados de afecto y anestesiados de razón, vomitan desde
el interior de las entrañas recuerdos felices que equivocadamente invocan
mediante el fondo blanco de una botella de plástico recortada.
El aquí y ahora se esfuma como la estabilidad de unas
piernas endebles, temblorosas, y la sordera que desinhibe al más duro cemento
que suplica por su propia vida pero que no sabe cómo ponerlo en palabras.
Nuevas marcas de ropa que visitan el suelo de tanto en
tanto, y de costado abren paso personas indiferentes al dolor ajeno, cegados y
negados a estirar la mano.
Del cielo invade la noche invitando al banquete a gente que
no sabe lo que quiere, desnudas de conocimiento y abrigadas hasta el cuello de
prejuicios. Por suerte la música amiga que siempre tranquiliza, acaricia el
alma con tanta violencia que los vellos del brazo se manifiestan con la
delicadez genuinidad del cual no se toman descanso hasta que el placer se asila
a cada tono roto de Charly García.
Queda poco para que se haga de día y el viaje es cuesta
arriba, el cuerpo tendido moribundo se traslada sostenido por una dama con una
fragancia a marihuana y aliento a bebida blanca. La billetera vacía, la mente
intranquila, y los demonios intactos observando de cerca un nuevo acto
frustrado.
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