lunes, 6 de agosto de 2012

Dadas las circunstancias, el globo nunca llegó a su palma derecha. Se introdujo en sí mismo, nunca pasando los límites establecidos antes de cerrar la puerta de su casa; en realidad, se lo introdujeron cuando solo era un bebé. Cuando era un recién nacido, en sus ojos se representaron unas miles de imágenes con violencia y muerte, docenas de mentiras vendiendo ilusiones, centenares de palabras que no le ayudarían a crecer. Claro que la televisión fue la responsable de enviarle estos sucesos a su todavía corta vida. Ya con distinta edad, no le quedó otra que saludar y sonreír, marcando sus comisuras; también de caminar demasiado, escuchando bandas distintas a la semana pasada (siempre viene bien variar), y tomar el camino más largo a propósito para pensar y ensayar el diálogo una vez bajo techo. Observó a la gente y la notó preocupada. Algunos pasaron horas en el baño y otros perdieron la figura por los flashes de las cámaras. Escuchó por ahí que, en donde él vivía, la gente se volvía narcisista al término de cada noche y comienzo del nuevo día. Aunque se le hubiera pasado por la mente ser así, sabía que su rostro no era digno de plasmarlo en una foto u observar durante infinidad de horas su reflejo en el charco de agua. Le gustaría, pero la genética no estuvo del mismo lado en el momento de la concepción. Fue testigo una noche de ver dos cuerpos en uno mismo, y no necesariamente me refiero al acto sexual, solo que uno estaba despierto, ansioso, curioso, y el otro cuerpo deseaba que sus pupilas cerraran y pudiera comenzar a bucear por la profundidad de la oscuridad de su corto cuerpo.

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