sábado, 21 de abril de 2012
Nuevamente yo, el muchacho que todos señalan (o señalarían) cuando intento caminar marcando mis propios pasos, con la comodidad que quiero hacerlo y sin pensar en las personas que tenga atrás, que seguro intentarán esquivarme para llegar primeras al semáforo de la esquina.
No viene al caso, pero ese no es el único motivo por el cual me apuntarían con la uña del dedo índice. Yo me autodenomino como un dibujito. Sí, un dibujito, porque llevo puesto casi siempre la misma ropa, el mismo pelo, de igual peinado (aunque de distintos colores), como un capítulo donde el protagonista decide hacer una locura con su pelo y va al peluquero más loco y más barato de la ciudad, con su amigo que le llena la cabeza de que lo que va a cometer va a ser una LOCURA.
En ocasiones me detengo por varios minutos a observarme y, algunas veces, hasta me convenzo de que el que está al otro lado no es mi reflejo, sino el reflejo de lo que a algunos les gustaría que fuera.
Y hablando de espejos, el otro día vi cómo una persona (o lo poco que le quedaba del significado) intentaba ayudarse a él mismo mirando el cristal. La verdad, no sé qué habrá pensado cuando lo hacía, pero en mi mente sonaba su voz y decía:
—¿Ese soy yo? ¡Mirá cómo estás! ¡Otra vez! Necesitás ayuda... Yo te ofrezco mi mano. Salgamos antes de que nos pase algo malo.
Fue ahí donde se quedó apoyado, mirando lo recíproco, y saliendo casi a rastras de su pesadilla; cansado, sin querer saber nada más de nada ni de nadie.
Decidí volver para hacer lo que estaba haciendo en aquel lugar, pero en mi casa solo me dediqué a cerrar los ojos e intentar dormir.
Lo último que le dije a mi amigo, que manejaba de vuelta en su peor estado, fue:
—Si chocamos y morimos, avisame.
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