martes, 6 de diciembre de 2016

La delgada línea entre la ficción y la realidad

¿Cuánto de nosotros estamos dispuestos a dejar una gran parte mental y física para narrar una obra literaria, una poesía, o en un escrito en un simple papel?. Ya sea de forma consciente o inconsciente, se sabe que nada es completamente objetivo, como cambiar algo casi "irrelevante" como una palabra por otra que consideramos más adecuada, o algo más complejo que seria re-interpretar una frase o un texto de cierto autor.
Cuando describimos a nuestro personaje principal. ¿Cuánto de nosotros mismo dejamos ver a los lectores?, dar "vida" a un personaje no es precisamente fácil, tiene que cumplir con una personalidad, con un tono de voz, gestos característicos, forma física, modalidad, gustos, el lenguaje a utilizar. Por eso remarco de nuevo lo de dar "vida".
Pero, ¿Qué pasa cuando el personaje pone en segundo plano a nuestra vida?. Hoy seis de diciembre del 2016 puedo afirmar que en realidad sucede, y se puede demostrar con alguien que seguramente cualquiera que esté leyendo esta entrada lo conoce. Tiene 129 años en la historia pero todavía sigue dando de que hablar, me refiero nada más ni nada menos que al detective londinense Sherlock Holmes.

Sir Arthur Conan Doyle fue el creador del detective más famoso de la historia, de su ayudante medico (como él) John H. Watson, y del peor enemigo de Sherlock (considerado como su álter ego) el profesor James Moriarty, entre tantos.
Conan Doyle durante su infancia presencio incontable veces a su padre dominado completamente por el alcohol, llegando incluso a vender parte de sus bienes o incluso su ropa para obtener las bebidas, lo que se vuelca perfectamente en muchas de las historias de Sherlock Holmes. También podría interpretarse el alcoholismo de su padre con la relación que tiene Holmes con la cocaína o merca que se excusa diciendo que consume con una solución solo del 7%.
No tardó en incrementar las ventas en la revista donde se publicaba las historias de Sherlock, Arthur poco ejercía de medico, y utilizaba esas horas para volcarse en su "amigo" detective. El éxito era inminente, por lo que llegó también a las editoriales con su primer libro "Estudio en escarlata" (que por cierto está en mi biblioteca ☺) pero mientras más se engrandecía Sherlock, más se empequeñecía Doyle.




Sir Arthur Conan Doyle estaba tan cansado y frustrado que otras de sus obras no sean ni siquiera tenido en cuenta dado la gran recepción de Sherlock que decidió matarlo, dictamino ponerle punto final de una forma trágica a su personaje dejando de lado lo material y la opinión de su madre por lo que estaba a punto de hacer. Y así fue, Doyle describe la muerte del detective en el libro "El problema final" pero lo curioso fue la reacción de la gente en Londres, haciendo su vida cotidiana pero con un cinta negra en el brazo para manifestar la muerte de Sherlock rompiendo así la delgada línea de la ficción con lo verdadero. Acto seguido procedieron a llenarlo de cartas a Connan Doyle con insultos por lo disgustado y enfadados que estaban por la muerte de su ídolo.



El escritor se vio sobrepasado nuevamente por su personaje, por lo que tuvo que volverlo a la vida desenrollando de una forma no tan convincente y abierta de cuestiones para todo el mundo, de cómo fue de que Sherlock en realidad no murió en esa cascada junto a Moriarty. A lo largo de su vida tuvo que seguir escribiendo sobre Holmes y sus aventuras, hasta la hora de su muerte. En la calle Baker Street 221b (lugar donde residían Sherlock, Whatson y la señora Hudson en la ficción) ahora hay un museo y una estatua dedicada a Sherlock Holmes, y tan solo una pequeña y olvidada placa en la memoria de Sir Arthur Connan Doyle el creador y dueño de todo este mundo.