jueves, 1 de febrero de 2018

Capítulo 13

Ya empapado en la mezcla de sudor y agua heleada de la canilla, me miré al espejo - al que le esquivaba tan solo por el reflejo que me devolvía - no me gustaba como me veía en este momento, pero eso no era motivo de encerrarme en la decadencia de escuchar música, y escribir sólo y para cuestiones de trabajo como lo había hecho unas semanas atrás, pensé. Salí del baño y fui a buscar directamente a mí acompañante que no se tomó la cortesía de esperarme, no me enoje, seguramente yo hubiera hecho lo mismo. Fui a la barra y me compre un vodka, hacía dos semanas que no me emborrachaba y no pensaba estirar el récord más tiempo. Me senté en una silla giratoria próxima a la barra, le pedí al bartender un poco de limón y sal, cerré los ojos, y sin pensármelo mucho, lo tomé de un sólo sorbo. No tardé en pedirme un segundo shock, esta vez sin limón ni sal. Me sentía asqueado, pero sobrio, pedí un tequila, no sabía muy bien cuál era la diferencia con el vodka pero quería cambiar de sabor, pero no lo note. Me paré para pagarle al barman y caí en la cuenta que poco podía mantenerme en pie, con mucha dificultad saqué mi billetera y salde mi deuda. No tenia ningún plan para la noche, había vuelto a recaer, y acostarme en mi cama a maquinar no me parecía una buena idea, incluso borracho.

Afuera seguía estando muy frió, aunque no lo sentía, me di cuenta de eso porque la gente iba bien abrigada. Caminé - o mejor dicho tambalee- tratando de encontar el lugar donde podía sentirme a gusto. En el trayecto se me acercaron tres tipos con unas pintas fatales, se notaba que estaban en situación de calle, me ofrecieron marihuana o la droga que pidiera. No sabía el contenido de lo que iba a fumar, pero estaba dispuesto a hacerlo. La ultima vez que había fumado fue con Eduardo en el prado de nuestra facultad, eran de su propia cosecha y olían realmente bien, me acuerdo que no paró de hablar del libro "El príncipe", de Maquiavelo, repetía una y otra vez recordándome "Para aprender que la gente que no tiene el poder hará todo lo posible por adquirirlo, y la gente que lo tiene hará todo lo posible por mantenerlo" sigo sosteniendo que es un tipo muy inteligente, pero difícil de llevar.

Compré uno suelto, ya estaba muy borracho y el sentido del juicio razonable se me estaba nublando. Fui a un kiosco, pedí lillos, y una lata de cerveza - lo sé, me estaba autodestruyendo, gracias por pensarlo-. Saqué la marihuana compactada y la destroce con mis dedos, nunca antes había armado uno, y sin dudas no estuve a las expectativas. Ni de cerca lo que me vendieron llegaba a ser marihuana "pura", y mucho menos que llegará a ser uno entero, pero no importaba. Tenia un encendedor en el abrigo, siempre llevaba uno por la costumbre de que a Ludmi siempre se les perdía y me los daba a mí por ser más "cuidadoso". Abrí la cerveza y la apoye en el suelo, le di tantas pitadas que no llego a durar nada. No sentía el efecto, o ya estaba recorriendo mi cuerpo y no lo notaba por el alcohol. La lata de cerveza me duro lo mismo que la marihuana. Estaba en una calle oscura donde no pasaba nadie, no quería quedarme ni un segundo más. Ahora si me sentía totalmente aturdido y con ganas de estar tranquilo en algún lugar con música. Tenia en mente en volver al sitio donde el pianista interpreto a Chopin, sin esperanzas de que todavía siga con su show.

Una vez dentro estaba en lo cierto, el piano estaba abandonado, antes de acomodarme decidí verme en el espejo para verme como iba, sin dudas estaba hecho mierda, pero seguía conservando algo de elegancia. Me senté en un sillón negro esta vez alejado del escenario, estaba por demás cómodo o así lo sentía en este momento. Pedí un ron con coca y en la espera me puse a ver a las personas. Me preguntaba que clase de mentiras se estaban diciendo los uno a los otros, o hasta que punto exageraban sus historias. Sentado unos sillones lejanos pude distinguir al pianista acompañado de tres mujeres muy hermosas. Se notaba que sabia controlar la situación perfectamente porque los cuatro se notaban cómodos. Cuando me llego el ron con coca tuve el atrevimiento de acercarme hasta su mesa - normalmente no lo hubiera hecho pero realmente no me importaba - me presenté, y le conté que lo había escuchado aunque por un breve momento, muy educadamente me agradeció y me hizo lugar al lado de una de las chicas. Su nombre era Anton, y el de las tres chicas Luisa, Nadia y la tercera no lo recuerdo. Pidió rondas de ron con coca por el sólo hecho de que lo había antojado porque me vio beberlo. Ellos estaban tomando unos martins a lo que me comento que era "un trago muy caro solo por llevar aceituna". Continuaba metiendole alcohol a mi cuerpo, los parpados me pesaban toneladas, y cada vez se me dificultaba soltar alguna palabra, menos una oración entera. Anton me invito a seguir la noche con él y las mujeres en su casa. Asentí sin pensarlo dos veces, no dude en que sería un buen anfitrión.

Su casa quedaba a seis cuadras del bar, al decir verdad me imagine que sería más linda viniendo de un tipo que toma martinis y se invita rondas de ron con coca. Ni bien entró, Anton, tomó a Luisa por la cintura y la besó. Las otras chicas se reían por la situación y se me acercaron. El pianista se acerco hasta su reproductor de música y puso " Why Can't I Touch It de The Buzzcocks" lo reconocí de inmediato. Nadia fue a buscar un plato y cuidadosamente peino cinco rayas de cocaína. Prácticamente se abalanzaron sobre el plato quedando solo una raya, la mía. Me acerque y la aspire, no iba a hacer las cosas bien a esta altura de la noche.

- Ahora queda la droga del amor - dijo Anton, sacando de una bolsa unas pastillas
- Hoy estas de suerte Lemuel, por ser mi invitado hoy te tocan dos chicas, yo me voy a esta habitacion con Luisa, si queres ahí tenes otra habitacion - la señalo con una mano de parkinson - o podes usar el lugar de la casa que prefieras, mientras limpies después - se reía pero no emitía ningún sonido

Ingerimos una pastilla cada uno, cuando Anton se fue a la habitación agarrado de la mano con Luisa, Nadia y la otra no perdieron el tiempo y empezaron a tocarse y a tocarme. Me sentía demasiado borracho y drogado para mantener una relación sexual, no quería pensar con dos. La pastilla me hizo efecto de inmediato y me sentía con ganas de hablar y tocar a las dos hermosas mujeres. No entendía muy bien como había terminado en aquella situación, pero no estaba dispuesto a torturarme así que decidí de seguir el juego. Estábamos los tres completamente desnudos en el living, y una de ellas me pidió a modo de favor, casi rogando, que la golpeara. Con lo alto que estaba el volumen de la canción, podría asesinarla a golpes que nadie lo notaria.