jueves, 10 de mayo de 2012

Hoy me acordé del día que maté a Charles Chaplin. Fue una mañana en mi morada, después del desayuno y, obviamente, antes de la cena. Yo de chico era muy hiperactivo, así que imaginé un arco en el pasillo y fingí patear el penal más importante de mi carrera (tuvo su historia, igual, por eso la cuento). Cuando le pegué a la pelota, no tomó la dirección que habría querido. Yo busqué el ángulo, pero más bien fue a la tribuna y ¡pum! El espejito pintado de Chaplin, roto en mil pedazos. ¿Y cómo hacerme el boludo si era el preferido de mi vieja? Es más o menos como esconderle su remera favorita: a la larga o a la corta se iba a dar cuenta, pero para mí fue a la mediana... Lo intenté igual y limpié todos los vidrios del suelo. Cuando se enteró, me sermoneó y me dijo: —Lo mataste. Jajaja, pobre Charles. Lo lamenté más por mi vieja que por él, y esa fue la semana que mi mamá me odió. También se dio cuenta de que la pata de nuestra mesa de plástico no la rompieron mis vecinos cuando vinieron a jugar, sino que fue otro penal por la final de la Copa Libertadores.

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