martes, 19 de junio de 2012
Me bajé del micro y vi a la señora que cree ser niña (por culpa de una enfermedad). Me sorprendí mucho porque no esperaba verla más en mi vida y estaba justo ahí, limpiando su perfecto y hermoso pasto, al cual no precisamente necesitaba que le pasaran la escoba.
La vi dos segundos, caminando a casa, y me pregunté cuál podía ser la razón de no verla en mucho tiempo, y eso que caminaba casi todos los días por su vereda de vuelta de la facultad.
Me acordé de que, cuando era niño, ella era la principal persona a tomar en chiste. Cuando uno se enojaba con otro, se decía:
—Y tu novia es... (nombre).
Claro que es epistemológico. Si uno viene de otro barrio y escucha eso, lo primero que piensa seguro que es: "Mierda, ¿qué les pasa a estos pibes?", aunque se puede sospechar por dónde viene la mano.
Volver a verla me produjo mucha felicidad, y ella sentía lo mismo, a juzgar por su cara. Y no, no por verme, si hasta no lo hizo, sino por ayudar a su mamá, que tanto la peleó por su bienestar y que seguramente la amó como nunca, más al ser hija única.
Sin enterarse de que los días pasan, sin pensar en responsabilidades, sin vestir trajes, sin esforzarse por caerle bien a la gente, sin mentir, sin preocupaciones mayores... esas fueron algunas de las causas por las cuales hoy seguramente la puede ver.
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