viernes, 22 de junio de 2012

Muchas veces escuché decir que la locura es algo genial, buena onda, copado. Pero yo la tuve durmiendo en casa por un tiempo largo, ayudándola y perdiendo el quicio al grado de no querer saber más nada. No es que yo lo viví, no, pero ella me pasó por el costado. A las mañanas me levantaba con lágrimas, me preguntaba una y otra y otra y otra vez las mismas cosas, a las cuales respondía con lo mismo una y otra y otra vez. Cada día era muy distinto al otro (en todos los sentidos), hasta ir al baño, preparar un café, vestirse, ver televisión y, lo más complicado: salir de casa. Salir sí que era todo un drama. Llevaba todo un preparativo; no era cuestión de decir: —Chau, salgo... vuelvo más tarde. Una vez fuera, el asunto empeoraba al caminar por la calle y ver miles y miles de detalles por todos lados, el más mínimo, hasta la piedrita chiquita con poco filo que pateó el chico que caminaba aburrido a su casa. Todas las cosas que se presentaban en el trayecto equivalían a determinado tiempo (dependía de lo que estuviéramos viendo) en las siguientes acciones: tocar, analizar, observar y preguntar: —¿Qué daño podría causarle esto a un humano? Todo esto se complementaba para no llevar una vida muy normal que digamos. Lo cotidiano cobraba un plus de desgaste mental y, por supuesto, físico. La risa sonaba poco y la gente perdía interés, por lo cual no daban ganas de establecer conversaciones y, algunas veces, ni de saludarla. Cuando caía la noche, la situación no mejoraba. Todo volvía al principio, como los segundos antes de desayunar, y tratar de dormir sí que era un ritual. Por eso, a los que me tildan de loco les contesto que me siento una persona bastante normal... aunque no sé cómo definir a alguien "normal", ni me lo han sabido explicar tampoco. Siempre dicen lo mismo: —Y normal... qué sé yo, normal. Hoy por hoy, todo lo contado quedó en el recuerdo o, mejor dicho, en el OLVIDO. Ahora es FELIZ.

No hay comentarios:

Publicar un comentario