jueves, 19 de diciembre de 2013
No tardo mucho en caer la remera cuando se tuvieron cara a cara, las ganas se manifiesto por su propia cuenta y no dejo pensar a los cuerpos que, mucho nos les intereso esa teoría. Ganas, anhelo, apetencia, ansias, esas cuatro palabras que significan lo mismo se adueñaron de las cuatro paredes blancas (pintadas apropósito de ese colo para lograr una sensación de grandeza) y no dieron lugar a razonamientos, pensamientos, angustias, preocupaciones, y viejas iras acumuladas. La lluvia de verano, el árbol empapado de pequeñas gotas, y el cielo oscuro fueron cómplices para crear la atmósfera ideal a la vista de cualquier ser humano, en especial a ellos dos que poco podían contemplarlo, solo cuando sus ojos se abrían para asegurarse de que todo lo que estaba pasando era realidad y no otro pensamiento del montón. La piel de gallina les corría por todo el cuerpo como una maratón, como esa puntada en la panza que dolía más que la de un propio cuchillo atravesando lo externo de un cuerpo (siempre lo interno recibe el doble) y los pensamientos cruzados entre sentimientos y vaya a saber que otra cosa más. La sonrisa parecía ser la misma a la cual uno escucha lo que para él/ella es el mejor tema de música, o en plena mitad de película se da cuenta de que lo que esta viendo es un peliculón, o cuando en plena lectura de un libro una frase le llega emocionalmente que hace que la relean más de lo que una frase tiene que ser leída (ni idea de la cantidad).
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