martes, 31 de enero de 2017

Capítulo 1

¿Mi historia?, no te adelantes, no es cosa que a muchas personales les quite el sueño saber, pero si sos de la minoría, y te consideras de los curiosos que si, te aconsejo que la sigas. ¿Cuántas historias empiezan con "mi historia"? no sé, he perdido la cuenta. Unas mejores, otras peores. Ésta. la mía, no deja de ser discreta, pero en algún punto del relato te van a sorprender... lo aseguro.
Me llamo Lemuel Cacciatori, si, que esperabas, ¿qué tenga un nombre común como Juan Rodríguez o algo por el estilo?. Por lo que he averiguado mi nombre es Hebreo y significada más o menos así como "Perteneciente a Dios" algo curioso porque no me considero una persona de fe, o mejor dicho, no soy una persona de fe ni nada que le atraiga el tema de las religiones. En cuanto a mi apellido, es italiano, como lo era mi abuelo, un tipo que tuvo que dejar sus tierras invadidas en ese tiempo por la guerra, por otro territorio considerado por el poco conocimiento mediterráneo de le época como "el último país del mundo". La cuestión es que no puedo hablar mucho sobre él. nunca lo llegue a conocer, en realidad si, pero falleció  cuando yo solo tenía dos años.
Como no sé por donde empezar, voy a comenzar por un miércoles, era de noche y afuera hacia un frió alarmante, ya con sólo ver por la ventana se podía distinguir que ninguna de las personas estaba dispuesta a salir del calor y la comodidad de sus casas, mucho menos a cambio de un poco de aire congelado. Ni la helada, aunque fuera proveniente de la misma Alaska, iba a detener mis planes de emborracharme en el bar de poca monta que frecuentaba casi sistemáticamente los mismos días con las mismas personas. El motivo que ponía en marcha que yo estuviera sentado ahí eran: 1)- la soledad y 2)- la depresión, y la más importante 3)- más tarde te voy a contar sobre ésto, pero ahora permitime continuar con la historia.
El lugar es oscuro - todavía lo sigue siendo - con un olor particular, por no decir agresivamente asqueroso, casi se palpa una mezcla de cigarrillos, queso y vomito. Me considero que tengo el mismo don que el personaje de ficción  Jean-Baptiste Grenouille del libro "El perfume" de Patrick Süskind, solamente que yo sólo percibo los malos olores, increíble "don" el mio. Sentado a mi derecha, como la mayoría de las veces, se encontraba García, un tipo de unos veintipico años que siempre vestía con ropa deportiva, cuando digo siempre, es siempre. Al otro lado, Morales, tan enigmático, y a veces, pesado por su orgullo hacia su persona. Del lado opuesto de la cabecera, Vazquez, un gordo, extremadamente borracho y gritón, el que peor me caía claramente. Y Martin, una persona refinada, culta y bella, soy heterosexual pero consiente de que realmente lo es, aunque como todo ser humano siempre hay defectos, y el de él era la ginebra, sea de mañana o de noche, siempre abrazado a su Hendrick's. A mi me decían "tano", nadie se acordaba de mi nombre, y para no quedar como pocos interesados o maleducados, siempre se limitaban a llamarme por mi apodo, lo que me parecía bien. Yo era el menor de los cinco, pero por los debates que armábamos, y por las historias que me hacían llegar, me consideraban como una persona bastante madura, más que algunos mayores que yo, y en verdad si lo era, aunque no siempre está bueno, vale aclarar.
En mi billetera solamente tenia 350 pesos, que desaparecieron, o los transforme en liquido de contenido alcohólico, dadas mis circunstancias, la segunda opción era la más viable. Las muchas cervezas que tome, más las que se invitaron mis conocidos, sumado el vaso de ginebra que me ofrendo Martin, llegué a la instancia donde la lengua se desenreda - o eso imaginamos porque empeora - y del aturdimiento motriz que produce el alcohol dejándolo casi nulo a movimientos. Solamente podía pensar en Ludmila, la causante de mis males 1 y 2 que prometí más adelante entrar en detalle.
En ese bar triste muy pocas veces, contadas con las manos, entraban chicas, esa noche fue una de las pocas excepciones cuando de la puerta de madera empujaron las manos de tres muchachas. Mis ánimos no estaba para conquistas, ni de cerca, pero como se fue entregando la noche, casi todo conspiraba para que lo haga. Una de ellas, una chica de 1,65 metros, pelo rubio, y lindo cuerpo, me estuvo mirando lo considerable para darme cuenta de que allí había algo más que un simple cruce de miradas, para ser honesto, en realidad al principio todas las miradas casi lo quemaban a Martin, pero fiel a su estilo no logro pasar ni las 12 de la noche, lo que el siempre se refería como "la hora maldita". Hablando de temas estéticos, estoy después de él, lo cual tenia todas las chances con aquella rubia si lo deseaba. Para mi sorpresa, ella fue directamente hacia mi, y no al revés como se acostumbraba antes, con un gran esfuerzo me dio un beso en el cachete, y todavía con mayor sacrificio me explico que se llamaba María, me comento que le parecía lindo. Yo me encontraba un poco menos borracho que ella, pero por un exceso impulsivo, o de libido, la invite a un vino que fié, lo que faltaba era que me siga endeudando y definitivamente lo estaba haciendo. Mis intenciones no eran sexuales, más bien de desahogo emocional.
Entre tragos de vinos, charlas estúpidas, y risas, María tomó la iniciativa - una vez más - de invitarme al baño del local -. Sé lo que estás pensado, una mujer nada pretenciosa sobre dónde y quién tener relaciones sexuales - propuesta que accedí ni bien sus palabras terminaron salir de su boca-. Después de consumar el bizarro acto en un baño publico muy poco higiénico, nos despedimos con la mano, casi avergonzados de lo que acabamos de hacer. Me había dejado su numero "por las dudas". Cuando todo esto terminó, ya era de madrugada, e intrigado por saber quién era esa tal rubia de nombre María dispuse todo el alcance novedoso y tecnológico para saberlo, fue ahí donde en la maldita opción de ver "amigos en comunes" en facebook me di cuenta que era amiga de Ludmila.

martes, 24 de enero de 2017

Ni una sola palabra

Los últimos granitos de arena caían cuando yo caía en la cuenta de que eran los últimos. Las semanas pasaron como un rayo, y en ellas me vi envuelto de libros prestados de mi hermano, quizás buscándome (una vez más) o tal vez buscando frases esas que me gusta releer y decirme a mí interior - como me gustaría ser el dueño de esas palabras. Entre tanto tiempo para mí, desfilaron cuatro libros en mis manos en cuatro días llenando vacíos existenciales en un promedio de 1188 hojas perfectamente aromadas.
Para rebosar ese sentimiento confuso de alegría y duelo que conforma el terminar un buen libro, me dispuse a ver una película ucraniana del 2014 "The Tribe" o "Plemya" recomendada por una amiga cinéfila que me prometía que me iba a encantar.
De entrada la pelicula te indica que no hace falta ningún subtitulo ni la traducción a algún idioma, ya que el lenguaje del largometraje es únicamente con señas. Yo, con expectativa y dudante, me propuse a ver la película, la primer pregunta que me hice a mí mismo fue 1- ¿Voy a entender algo? quiero aclarar que nunca estudie intérprete superior de lenguas de señas ni nada por el estilo, y 2 - ¿Realmente me va a parecer entretenida? con lo que se me vino rápidamente el film que vi con mi vieja en el antiguo cine universidad "The Artist" donde el único momento que se puede escuchar un sonido es en el final, pero eso no detuvo que ganara el premio a mejor película en los Oscars del 2011 (entre otros premios) menos, que a mí me encantara.
La sinopsis, un joven que entra a un internado, y para pasar sus días ameno se une a una tribu dedicada a los actos delictivos y la prostitución. Sin dudas me llamo la atención un poco más, y en mi cabeza ya se formaba la figura de Holden Caulfield el personaje del libro "El guardián entre el centeno" una novela de J. D. Salinger que altamente recomiendo (de verdad, léelo).
Puedo decir que cuando termine de ver el largometraje pude captar la mayoría de las escenas y su significado, todo esto para mi asombro. Fue cuando me di cuenta que para las acciones básicas del ser humano como amar, odiar, alegrarse, entristecerse, dudar, no hace falta utilizar una sola palabra. Solamente con el gesto de una cara, o con la posición del cuerpo perfectamente podemos comunicar casi o igual que con las palabras, está bien, la película tampoco es complicada de argumento, ni llena de eclipses de tiempo como "Memento" más bien es directa y sencilla pero eso no quita que sea entretenida, ni bien contada. Si queres "innovar" por decirlo de una forma, te la recomiendo con un buen café y ganas de entender como es el mundo de los sordos y las señas.