Lo que siempre hacia primero era tomar una copa de vino de una cantidad poco menor a la mitad, seguramente habría dejado las pinturas para después, enfocándose primordialmente en las esculturas. No solo se concentraba en las obras, sino que también dedicaba tiempo en la estructura del museo, parecía darse cuenta de los mínimos detalles, tanto como de remodelación, o de cambios imperceptibles en los colores de algunas columnas o paredes. Al decir verdad, ella era una gran artista, nunca en su vida había pisado una escuela de arte, o un taller de pintura -seguramente- dictado por un señor borracho, divorciado, amargado y vanidoso. Lo que ella poseía era talento innato, a mi parecer, mucho más meritorio que uno adquirido bajo aprendizaje. Esto era natural, como el habla mismo. Un don que no hubiera podido desligarse por más que quisiera. Después de haber recorrido toda la galería, y de haber recargado unas tres o cuatro veces su copa, seguramente decidió irse. Conociendola, su mejor opción, tal vez, era volver caminando, o caminar un tramo y el resto en taxi.
Intente recrear sus pasos, el museo se encontraba a mitad de cuadra, y nuestra casa a unas treinta y siete cuadras más abajo. Doblé en la esquina calle abajo, y me propuse mirar en todas las direcciones a la vez, no se me tenia que escapar una sola casa, una sola vereda, un solo callejón, un solo pasillo. Por cada paso que daba, la pobreza parecía apoderarse de los habitantes en una casi perfecta división de clases sociales. Se estaba haciendo de noche y los primeros vagabundos se apresuraban en buscar resguardo en un invierno que no tenia compasión por nadie. Algunos me observaron entre ojos cerrados y boca abierta como advirtiendo de que era un desubicado, o juzgándome como un arrogante por la ropa que llevaba, solo por el hecho de estar intacta y limpia. En veinte cuadras, o más, no vi a un solo alma. Realmente dudaba si ella habría decido venir por este camino debido a que no hay nada que pueda llamarle la atención, desde iluminación a edificación, parecía que la vida hubiera mirado para el costado, ignorando lo que sucedía cruelmente, y lo bello hubiera esquivado dicha zona para no entorpecerse ni estropearse. Distinguí la silueta de una mujer a medida que me acercaba, el pelo parecía ser una peluca rubia, y cada prenda de ropa era más chica que la anterior. No tardaron en escucharse unos silbidos masculinos al ritmo del andar de la rubia. Hay códigos genéticos -o lo que fuere- implementados en el ADN del hombre que a medida de los años no parece desprenderse - como el arte y Ludmila - que es una reacción innecesaria del hombre a gritar cosas, o silbar, cuando ve al sexo opuesto en paños menores - a veces ni eso-, esto se potencia enormemente cuando se encuentra rodeado de otros masculinos, volviéndose competitiva, y en algunos casos violenta. En muchos aspectos todavía nos falta evolucionar. Me acerque a ella con la intensión de preguntarle por Ludmila. Su cara estaba maltratada, su mirada y ojos revelaban que su edad no pasaba de los diecisiete años, pero la angustia y descuido de su piel la hacían ver de veintiocho. Se me quedó mirando en pose provocativa, o lo que para ella lo era. Le pregunte si había visto una mujer con la descripción de Ludmi, detallé la vestimenta, pieza fundamental para que supiera quién era, más por la decadencia de la zona que por la ropa en sí.
- Yo no hablo, solo tengo sexo - dijo con una voz delicada y juvenil
- Solo quiero saber lo que te pregunte - comenté esperanzado de que la haya visto
- No lo voy a volver a repetir - lo decía muy en serio, seguramente nadie le había preguntado nada en años
- Bueno ¿Cuánto cuesta pasar un rato con vos? - Mis intensiones no eran sexuales, me picaba la curiosidad de saber como termino ella en esa profesión, aunque todavía no podía develar cómo termine yo en la mía.
- Trecientos treinta, vamos a un departamento acá cerca - parecía sin expresión, como si la hubieran programado para no sentir emociones y repetir un speech al estilo telemarketing barato.
- Listo, te sigo - ya no estaba tan convencido como hace unos segundos
Caminamos solo una cuadra y entramos a un pasillo, en la puerta se encontraba un tipo de aspecto temible, era físicamente corpulento, con una barba descuidada y canosa que le llegaba hasta la panza. Me observó unos segundos de manera desafiante, pero me ofreció una bebida muy amable, le negué y seguí el recorrido. Era un pasillo largo con muchas piezas a sus costados, en ellas se podía escuchar la decadencia humana, no miento, gemidos de placer eran la minoría. Su pieza -o la que le daban- estaba escalera arriba, estaba apartada un poco de las demás. Ni bien puse un pie en la entrada, la muchacha ya se estaba desabrochando el corpiño, revoleandolo al suelo. Se tiro en una cama prácticamente desarmada, se llevó el dedo indice izquierdo a la boca chupándolo, y con el derecho me hacia señas para que vaya hasta ella.
- No vengo a tener relaciones sexuales - dije antes de que siga con su rutina
- Perdes el tiempo, y voy a cobrarte igual
- No me importa, solo quiero hablar con vos
Busque el corpiño del suelo y me acerque a la cama. Me senté al borde de la cama al lado de ella. Me estaba dando mucha pena. La vida en verdad parecía mirar a otro lado incluyendo a casas, calles, y personas. Se podía ver la inocencia de una niña en la pupila y la cornea de sus ojos marrones, tal vez nunca tuvo una oportunidad, o quizás si, y no la supo aprovechar, o por cuestión de estupidez juvenil no se daba cuenta que el camino que seguía era uno de infelicidad, depresión, drogas, maltratos y autodestrucción. Seguramente su nivel académico era escaso, lo que la volvía vulnerable en búsqueda de nuevas oportunidades. Se rodeaba de tipos enormes que al menor movimiento no estipulado de libertad le pegarían cobardemente dejando daños mentales y físicos. Pensar en eso hizo sentirme mal, solo cuando tenemos a alguien que consideramos peor que nosotros adelante nos hace dar cuenta el sacrificio que tuvieron para con nosotros, a mi nunca me falto nada por suerte, y pude nutrirme de conocimiento en un ambiente armonioso, o por lo menos estable. Me dieron ganas de darle un abrazo - que seguramente ella rechazaría-. Pero no voy a ponerme moralista ahora
- Vengo de unas semanas frustrantes, te lo pido por favor ¿Viste o no a una chica castaña vestida con una gabardina militar?
- Ya veo lo mucho que te interesa, estas ahora conmigo en muestra de tu amor con esa chica - escucharla me hacia bien, la sacaba de su papel de robot anhédonico
- No entendes, de verdad solo subí para conversar, en este momento, toda idea parece darme vuelta, y saber que viste a esa chica me ayudaría a poder cerrar un ojo esta noche entre tanta confusión - no podía levantar la cara, ella tendría que ser la que me este contando sus problemas, no yo a ella
- Por favor, en esta pieza no permito ningún tipo de sentimientos, si pensaste que con pagar yo iba a escuchar tu historia estas equivocado - lo dijo a secas - pero bueno, si me parece que vi a esa chica
- ¿Cómo? ¿Dónde la viste? ¿Qué hacia sola ella por estas calles? - la última pregunta en realidad salio automáticamente de mi boca
- Parecía muy borracha, parecía que la estaba pasando bien, ahora lo que estaba sola no es exactamente así, ella venia acompañada de una chica, y un chico guapo - miraba para arriba tratándose de acordar lo que había visto - se te acabo el tiempo, si no te molesta no voy a pasar ni un segundo más en esa cama
Saqué la billetera del bolsillo trasero izquierdo de mi pantalón anonadado, busque tres billetes de cien y uno de cincuenta. ¿Con quién estaba ella? ¿Los habrá conocido en el evento de arte? Me dijo que iba a ir sola, excepto por Emilia que había llamado para bajarse.
- Toma, acá tenes la plata, muchas gracias - le acerque los billetes a su mano
- Discúlpame, pero eran quinientos pesos
No tenia ganas de discutir, sabía que me había subido el precio, pero no estaba dispuesto a discutir por eso, saque otro ciento cincuenta y se los di. Salí lo más rápido posible de ese lugar, deseando no volver a pisar nunca más esas calles, si la vida miraba para otro lado, yo iba a hacer lo mismo.
lunes, 20 de marzo de 2017
lunes, 13 de marzo de 2017
Capítulo 8
Al borde de las lagrimas, me puse los auriculares que esta vez si había sacado del departamento, seleccione un tema aleatorio de una playlist que habíamos creado con Ludmila, no importaba cuál fuera el track, necesitaba música, anhelaba distracción. Mientras caminaba sin rumbo, la canción que se había reproducido automáticamente fue "Fix you" de Coldplay, tema que con totalidad seguridad yo no había colocado en la lista. Mis ultimas semanas parecían ser guionadas por un director cínico y borracho, y para que no me partiera la cabeza con cualquier piedra en la primera escena de la película, habría puesto a mi alcance el libro de Deborah Curtis, y ahora el tema que encajaba perfectamente con mis sentimientos repulsivos, todo esto exclusivamente como método de tortura. Sinceramente camine tanto que no sabía donde había terminado. Me invadía la imagen de las manos de un extraño tocando el cuerpo de Ludmi, de la agresión física que habría ejercido para incapacitarla a cualquier intento de librarse - aunque nunca percibí ningún moretón, ni rasguños en su piel ¿Soy poco detallista? -, de los gritos desesperados que fueron tapados por la fría palma de un violento degenerado, imaginarme todo eso me produjo un fuerte sudor helado, mareo, y sequedad en la boca, no le di importancia, seguí caminando, me encontraba empapado de lagrimas, solo quería saber ¿Por qué no me dijo nada? ¿Habrá sentido vergüenza de contarme? ¿Pensaría que iba a cometer una locura como matarlo o algo parecido? ¿Sentiría que me daría asco volverla a tocar?. Mientras más vuelta le daba, más perdido me encontraba, y para serte sincero, gran parte de la caminata llegue a odiarla con toda mi alma. Por qué tan egoísta de quitarse la vida sin pensar en los sentimientos de los que la rodeamos y contuvimos. Por qué tan egoísta de no compartirme sus momentos de mierda sabiendo que soy abierto a todo tipos de problemas, mucho más si se traban de ella. Tal vez nunca confió demasiado en mi, capaz nunca me quiso... ni a mi, ni a nadie. La visibilidad se torno muy borrosa, el mareo incremento lo bastante para asustarme, y si hubiera querido escupir no habría tenido éxito debido a que mi boca parecía un desierto, no entendía lo que me estaba pasando, solo sabía que no era nada bueno. Si tomamos el modelo descrito por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross sobre las etapas del duelo 1)- Negación, 2)- Ira, 3)- Negociación, 4)- Dolor emocional y 5)- Aceptación. Yo, claramente me encontraba en la segunda etapa.
Un señor grande, de unos sesenta años, de bigotes canosos, estiró su mano con un vaso de agua, y la otra con un pañuelo arrugado verde chillón. Al darme cuenta yo estaba sentado en una silla de plástico blanco en el costado de la vereda. Sentía muchos ojos mirando a mi dirección
- Te acabas de dar un golpazo ¿Estas bien nene? - Me dijo el anciano con voz rasposa de fumador veterano
No tenia fuerzas para contestarle, al parecer me desmaye mientras caminaba, y del impacto de mi cabeza contra los zocalos me había producido un corte importante arriba de la ceja izquierda. No me sentía cansado -teniendo en cuenta todo lo que camine- quería correr, saltar, patalear, gritar, pelear, mi cuerpo se revolucionaba abruptamente y se manifestaba para que me autolesione constantemente.
Tomé el vaso de agua, limpie los hilos de sangre con su pañuelo que quedó de un color café claro por la combinación del verde de la tela, y el rojo de mi sangre. Con un gesto suave de cabeza agradecí al buen hombre por ayudarme, pero no podía estar quieto, menos en una silla de plástico en mitad de todas las personas, todavía tenia los auriculares en mis oídos, pero la música parecía haberse detenido.
Necesitaba respuestas, las necesitaba ahora. Recobre la noción de la ubicación cuando me frene por unos instantes. Estaba cerca del museo de arte, uno de los últimos lugares donde había estado Ludmila, y muy cerca, probablemente, de donde se propasaron físicamente de ella. Inconscientemente fui a parar acá, lo prometo. Pase por la entrada del museo, se encontraba cerrada, otro evento de pinturas abstractas estaba estipulado para el próximo lunes, digo otro porque no sabía exactamente si sería uno diferente o el mismo. Intente pensar como ella en aquella noche congelada de invierno. Por lo que sabía ella iba a ir acompañada por una de sus pocas amigas, Emilia. Si te estas preguntando porque no fui yo, fue por motivo de trabajo, y porque sinceramente las pinturas de esta época me aburrían. Me pasaba exactamente lo mismo con el cine, como te conté anteriormente. Para ver un buen material - o medianamente pasable - tendrías que ver durante largas horas las proyecciones de unos treinta films, y con suerte, el tiempo empleado habría servido para ver algo decente. El cine de lujo murió al final de los ochenta, como el de las pinturas murió en la Republica de Florencia junto al renacentismo de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, o Sandro Botticelli
Cuando Ludmila estaba por salir abrigada por una campera de gabardina militar, unos jean con las rodillas desgastadas, bufanda gris oscura, y unas botas negras. Emilia llamo para avisarle de su fuerte dolor de cabeza y estomago, lo que fue creíble ya que ella era verdaderamente una apasionada por el arte, en cada evento que iba para complacer a Ludmi, y pasar tiempo juntos, ella estaba ahí admirando detenidamente cada obra durante unos treinta minutos, intentando complementarse con la mente e ideas del artista, algo muy parecido con lo que yo estaba haciendo ahora. La ausencia de Emi no sería una complicación para que Ludmila asista al museo, siempre - o casi siempre- se paseaba sola por los distintos puntos de la ciudad, e ir a un evento solo con su compañía podría ser igual de divertido. Si no me equivoco, la exposición comenzaba tipo once de la noche, y ella habría salido algo así como las diez y media. Me dijo que no tardaría mucho, ya que sin Emilia el recorrido se acortaría demasiado, tenia razón. Tomó sus cigarrillos y se subió al taxi. Hasta ahí sabía perfectamente lo que había ocurrido, ahora solo me quedaba imaginar sus decisiones y movimientos.
Un señor grande, de unos sesenta años, de bigotes canosos, estiró su mano con un vaso de agua, y la otra con un pañuelo arrugado verde chillón. Al darme cuenta yo estaba sentado en una silla de plástico blanco en el costado de la vereda. Sentía muchos ojos mirando a mi dirección
- Te acabas de dar un golpazo ¿Estas bien nene? - Me dijo el anciano con voz rasposa de fumador veterano
No tenia fuerzas para contestarle, al parecer me desmaye mientras caminaba, y del impacto de mi cabeza contra los zocalos me había producido un corte importante arriba de la ceja izquierda. No me sentía cansado -teniendo en cuenta todo lo que camine- quería correr, saltar, patalear, gritar, pelear, mi cuerpo se revolucionaba abruptamente y se manifestaba para que me autolesione constantemente.
Tomé el vaso de agua, limpie los hilos de sangre con su pañuelo que quedó de un color café claro por la combinación del verde de la tela, y el rojo de mi sangre. Con un gesto suave de cabeza agradecí al buen hombre por ayudarme, pero no podía estar quieto, menos en una silla de plástico en mitad de todas las personas, todavía tenia los auriculares en mis oídos, pero la música parecía haberse detenido.
Necesitaba respuestas, las necesitaba ahora. Recobre la noción de la ubicación cuando me frene por unos instantes. Estaba cerca del museo de arte, uno de los últimos lugares donde había estado Ludmila, y muy cerca, probablemente, de donde se propasaron físicamente de ella. Inconscientemente fui a parar acá, lo prometo. Pase por la entrada del museo, se encontraba cerrada, otro evento de pinturas abstractas estaba estipulado para el próximo lunes, digo otro porque no sabía exactamente si sería uno diferente o el mismo. Intente pensar como ella en aquella noche congelada de invierno. Por lo que sabía ella iba a ir acompañada por una de sus pocas amigas, Emilia. Si te estas preguntando porque no fui yo, fue por motivo de trabajo, y porque sinceramente las pinturas de esta época me aburrían. Me pasaba exactamente lo mismo con el cine, como te conté anteriormente. Para ver un buen material - o medianamente pasable - tendrías que ver durante largas horas las proyecciones de unos treinta films, y con suerte, el tiempo empleado habría servido para ver algo decente. El cine de lujo murió al final de los ochenta, como el de las pinturas murió en la Republica de Florencia junto al renacentismo de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, o Sandro Botticelli
Cuando Ludmila estaba por salir abrigada por una campera de gabardina militar, unos jean con las rodillas desgastadas, bufanda gris oscura, y unas botas negras. Emilia llamo para avisarle de su fuerte dolor de cabeza y estomago, lo que fue creíble ya que ella era verdaderamente una apasionada por el arte, en cada evento que iba para complacer a Ludmi, y pasar tiempo juntos, ella estaba ahí admirando detenidamente cada obra durante unos treinta minutos, intentando complementarse con la mente e ideas del artista, algo muy parecido con lo que yo estaba haciendo ahora. La ausencia de Emi no sería una complicación para que Ludmila asista al museo, siempre - o casi siempre- se paseaba sola por los distintos puntos de la ciudad, e ir a un evento solo con su compañía podría ser igual de divertido. Si no me equivoco, la exposición comenzaba tipo once de la noche, y ella habría salido algo así como las diez y media. Me dijo que no tardaría mucho, ya que sin Emilia el recorrido se acortaría demasiado, tenia razón. Tomó sus cigarrillos y se subió al taxi. Hasta ahí sabía perfectamente lo que había ocurrido, ahora solo me quedaba imaginar sus decisiones y movimientos.
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