Un señor grande, de unos sesenta años, de bigotes canosos, estiró su mano con un vaso de agua, y la otra con un pañuelo arrugado verde chillón. Al darme cuenta yo estaba sentado en una silla de plástico blanco en el costado de la vereda. Sentía muchos ojos mirando a mi dirección
- Te acabas de dar un golpazo ¿Estas bien nene? - Me dijo el anciano con voz rasposa de fumador veterano
No tenia fuerzas para contestarle, al parecer me desmaye mientras caminaba, y del impacto de mi cabeza contra los zocalos me había producido un corte importante arriba de la ceja izquierda. No me sentía cansado -teniendo en cuenta todo lo que camine- quería correr, saltar, patalear, gritar, pelear, mi cuerpo se revolucionaba abruptamente y se manifestaba para que me autolesione constantemente.
Tomé el vaso de agua, limpie los hilos de sangre con su pañuelo que quedó de un color café claro por la combinación del verde de la tela, y el rojo de mi sangre. Con un gesto suave de cabeza agradecí al buen hombre por ayudarme, pero no podía estar quieto, menos en una silla de plástico en mitad de todas las personas, todavía tenia los auriculares en mis oídos, pero la música parecía haberse detenido.
Necesitaba respuestas, las necesitaba ahora. Recobre la noción de la ubicación cuando me frene por unos instantes. Estaba cerca del museo de arte, uno de los últimos lugares donde había estado Ludmila, y muy cerca, probablemente, de donde se propasaron físicamente de ella. Inconscientemente fui a parar acá, lo prometo. Pase por la entrada del museo, se encontraba cerrada, otro evento de pinturas abstractas estaba estipulado para el próximo lunes, digo otro porque no sabía exactamente si sería uno diferente o el mismo. Intente pensar como ella en aquella noche congelada de invierno. Por lo que sabía ella iba a ir acompañada por una de sus pocas amigas, Emilia. Si te estas preguntando porque no fui yo, fue por motivo de trabajo, y porque sinceramente las pinturas de esta época me aburrían. Me pasaba exactamente lo mismo con el cine, como te conté anteriormente. Para ver un buen material - o medianamente pasable - tendrías que ver durante largas horas las proyecciones de unos treinta films, y con suerte, el tiempo empleado habría servido para ver algo decente. El cine de lujo murió al final de los ochenta, como el de las pinturas murió en la Republica de Florencia junto al renacentismo de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, o Sandro Botticelli
Cuando Ludmila estaba por salir abrigada por una campera de gabardina militar, unos jean con las rodillas desgastadas, bufanda gris oscura, y unas botas negras. Emilia llamo para avisarle de su fuerte dolor de cabeza y estomago, lo que fue creíble ya que ella era verdaderamente una apasionada por el arte, en cada evento que iba para complacer a Ludmi, y pasar tiempo juntos, ella estaba ahí admirando detenidamente cada obra durante unos treinta minutos, intentando complementarse con la mente e ideas del artista, algo muy parecido con lo que yo estaba haciendo ahora. La ausencia de Emi no sería una complicación para que Ludmila asista al museo, siempre - o casi siempre- se paseaba sola por los distintos puntos de la ciudad, e ir a un evento solo con su compañía podría ser igual de divertido. Si no me equivoco, la exposición comenzaba tipo once de la noche, y ella habría salido algo así como las diez y media. Me dijo que no tardaría mucho, ya que sin Emilia el recorrido se acortaría demasiado, tenia razón. Tomó sus cigarrillos y se subió al taxi. Hasta ahí sabía perfectamente lo que había ocurrido, ahora solo me quedaba imaginar sus decisiones y movimientos.
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