viernes, 20 de mayo de 2016
Me arrastre a un escenario espantoso, jugué con el tiempo, la suerte y las posibilidades para complacer mis dudas morbosas e inquietantes, todo esto solo a pasos de mi comodidad. Fue la primera vez que vi la mirada muerta, los ojos sin vida, el (no) ver vació y hasta diría hueco, seco... muy diferente a unos distraídos, esos que miran a la nada pero con cierto brillo. Los que leen mi blog (si es que existe esa gente) comprenden que de cada cinco entradas que hago, cuatro siempre menciono miradas. Pero esa fue diferente. Y no, no se asusten, yo no cometí nada, ni fui participe de ninguna lapidación, solo fui testigo de un cadáver de un joven de diecinueve años que murió por una mala jugada del destino y su mala suerte. Días antes, mientras miraba Sherlock Holmes, me preguntaba como seria estar del otro lado de la cinta tan icónicas en películas y series. La vida, la atracción (o lo que fuere) me ofrendo en vivo saber que es lo que se siente. Todo, a mi parecer, guionado como si estuviera en "The Truman Show" me puso como testigo de la policía científica, y voy a decir la verdad, no me negué en ningún momento a rechazarla. Me invadió tristeza saber la corta edad del difunto, y el saber que en su billetera tenia el documento de su hijo de apenas un año. Hay experiencias que no quisiera vivirla dos veces, ya que son innecesarias. Ésta es una de ellas.
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