lunes, 29 de mayo de 2017

Capítulo 11

Perdón por no hablarte en meses, me tomó tiempo darme cuenta que le estoy hablando a nadie, o mejor dicho a un producto de mi cabeza y mala época. La última vez que conversamos sufrí ataques de pánico, ¿Te ha pasado? es horrible, el corazón se te acelera, sentís sensaciones de miedo, desesperación, adrenalina, sentimientos licuados y esparcidos por todo el cuerpo de golpe y sin aviso. He intentado volver a una vida normal sin éxito a la vista. Lo que me dijo esa pobre niña sobre la vez que vio a Ludmi no me ha dejado respirar. ¿Con quién iba acompañada?. Ahora trabajo desde casa, parece que le hicieron llegar algún rumor a mi jefe y se apiado de mi. Le envió artículos de cuarta por email y amablemente me los retribuye. En un mundo justo no tendría porque hacerlo, lo digo de verdad. No he salido de mi cuarto en semanas, no tengo ganas de bañarme, ni vestirme, duermo poco y como mal, tengo miedo de verme en el espejo. Lo sé, necesito ayuda, siempre la necesite, tal vez por eso te creé en mi subconsciente, no podes juzgarme ni enfrentarme porque no tenes voz propia, lo que te convierte en mi vía de escape. No quiero herir tus sentimientos - que asumo no tenes-, pero no me has servido de gran ayuda. Es tiempo de hablar con alguien que pueda llegar a entenderme, tengo dos grandes opciones: 1 - Un viejo compañero de facultad llamado Eduardo y 2- Analía, una chica que no recuerdo cómo, ni dónde nos conocimos, pero agradezco el haberlo hecho.
La primera opción es un tipo que parece tener la respuesta indicada a todo. A cada pregunta que soltaba - importante o no - él tenia una respuesta fundamentada y precisa. Siempre simulaba estar interesado en mis cosas, y muy raramente - o nunca - me contaba de las suyas. Sé que jamás le importe, pero de verdad daba muy buenos consejos. Cada vez que nos veíamos era con un ron en la mano.
La segunda opción es una chica soñadora pero con los pies bien plantados en la tierra, su empatía me daba una cierta confianza a mostrarme sin ser juzgado, y sus consejos eran tan buenos como los de Eduardo, incluso diría que mejor porque no se sentían arrogantes como los de él. El problema era que hacia mucho no nos veíamos, y no sabría si tiene, y quiere, compartir tiempo conmigo. Menos en el estado en el que me hallaba.
Fui en orden y marque el numero de la primera opción, según sus palabras estaba "encantado" de que nos veamos. Como siempre ya tenia un lugar, y una hora designada. Nos íbamos a reunir en un café restaurant donde tocan bandas en vivo de jazz - según él su música preferida -, lo que me obligaba a levantarme de la cama, vestirme, bañarme, y verme en el espejo. A duras penas ya estaba listo para despedirme de mi casa. Me puse una remera blanca con una estampa de una foto icónica de Sophie Scholl, una campera fina de jean celeste, unos chupines negros, y unas zapatillas tipo botas. No tenia ni idea de como estaría el clima, ya que nunca cambio en meses para mí. Debatí momentáneamente si llevarme una campera abrigada - la cual no lleve -. Fiel a mi estilo, fui caminando al café, que precisamente no quedaba cerca. Durante el trayecto un grupo de seis o siete jóvenes borrachos me insultaron sin motivos aparentes, hice oídos sordos, no estaba dispuesto a pelear, no tenia las fuerzas suficiente ni para levantar el puño, solamente me digne a acelerar el paso, estaba haciendo mucho frió -consejo -, siempre que dudes lleva la campera, hoy lo aprendí.
Ya en el café, que tenia una forma cilíndrica, y era bastante elegante, me senté en la barra, no habíamos reservado mesas, no me molestaba tampoco. Eduardo todavía no aparecía, algo que sabia de antemano porque es narcisista, aún más que Taiel. En el escenario estaban haciendo un cover del tema "Moanin'" de Charles Mingus. Parecían ser estupendos músicos, menos el trompetista que iba a destiempo con los demás. La verdad que es una pena, es como ver algo precioso pero con una manchita de mugre que no se le puede sacar. Me pedí un ron suponiendo que mi compañero ya estaba por venir, y así fue. Nos saludamos con un apretón de manos, a ninguno de los dos nos gustaba abrazar, me hundió el hombro con la mano grande que tenia, y me invito a sentarme donde yo ya estaba sentado. Muy sonriente se pidió dos vasos de ron que estaba dispuesto a tomárselos de una. Le intente contar sobre Ludmila pero estaba centrado en la banda, repetía de tanto en tanto - me encanta - para ser melómano tenia un oído terrible,  y yo no podía parar de pensar que esas trompetas arruinaban todo. A todo esto, él ya había tomado cuatro rones y yo recién estaba por el primero, mencione la banda y use la palabra "cover" lo que se disgusto mucho porque es puritano y melómano. Al final se fue con una mujer, lo que me hizo suponer y pensar que habíamos quedado en el café solo por ella, nunca le importe, repito que lo tenia bien en claro, pero esta vez no soltó ni una palabra, ni mencionar un consejo, que era únicamente lo que esperaba. A los gritos me dijo - un gusto verte de nuevo -. No sé por que tengo como opción a este tipo, debería replantearme mis prioridades.
Me quede un tiempo escuchando "Blue train" de John Coltrane cuando decidí llamar a Analía, no tenia muchas expectativas. Cuando uno no ve a otra persona en mucho tiempo se va olvidando y hasta puede resultar incomodo el verse nuevamente después de un largo periodo.
A mi sorpresa - y agrado - ella acepto reunirnos después de que saliera de su trabajo, el lugar esta vez lo propuse yo, un bar con una música fantástica que ambos admirábamos. No aguantaba ni un segundo más al trompetista, me estaba acuchillando el alma con cada soplido suyo. Di el ultimo vistazo al restaurant, noté que la mayoría de la gente era - o aparentaba -ser intelectual teniendo sus charlas profundas. Pedí un taxi y me fui directo al bar, me quedaba tiempo hasta que Analía haga su presencia.
El bar era menos elegante, pero por eso no peor que el Café-Restaurant. Tenia dos pisos, y en sus paredes se encontraban cuadros de influyentes del rock nacional e internacional. Pensándolo mejor tuvo que ser mi primera opción, pero yo y mis decisiones acertadas nunca vamos a estar de acuerdo. Por suerte la gente escaseaba, sé que alguna vez te conté que me encantaba ver personas, pero justamente en estos meses no. Me pedí una cerveza, y le mande un mensaje a Analía en el lugar exacto donde estaba, así no me andaba buscando por todo el bar. La vi entrar con un libro entre las manos, al juzgar por la tapa - casi siempre se me daba bien - era el libro "El coronel no tiene quien le escriba" del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Nos saludamos con un abrazo natural y verdadero, los dos estábamos contentos de vernos. Le pregunte si el libro que sostenía era el mismo que pensaba, y me afirmo que estaba en lo correcto, le pedí que me lo prestara un segundo, estaba desgastado y remarcado, hojeándolo me fijé que una frase estaba subrayada "La vida es la cosa mejor que se ha inventado". Se dio cuenta de lo que leía y me comento - sin dudas, la vida es lo mejor que se ha inventado, pero la gran mayoría sólo la aprecia en los momentos culmines, y no todos los días... es una lástima - lo cual compartía, pero yo me identificaba con lo que ella llamaba "la mayoría". Hacia mucho tiempo que no tenia una buena conversación con alguien, en serio. Debatimos sobre la película "El gran truco", nos atribuimos personalidades del libro "Las ventajas de ser invisible" del escritor Stephen Chbosky, charlamos de música, y lo más interesante, hablamos de sueños durante horas. Analía era muy imaginativa, sus sueños pasaban de lo alegre a lo triste, de lo verídico a lo abstracto, de lo posible a lo imposible, en cuestión de segundos. Me contó una cantidad de sueños que en comparación a días yo diría que seria una semana, cuando - casi orquestado - sonó el tema "Hey Jude" de la mejor banda del mundo "The Beatles" no hacia falta decir ni una palabra, mutuamente sabíamos que era un temazo. Sus interesantes historias lograban que no piense en Ludmila, entre tantas noches de depresión por fin estaba teniendo una placentera para darme un respiro emocional. No sé porque desperdiciaba tiempo en hombres como Eduardo, y no escuchaba a personas como Analía. El tiempo pareció acelerarse muchísimo, en buena compañía todo es el doble de rápido, ella tenia que acostarse porque madrugaba, y yo tenia que volver a mi cama donde desataba una guerra interna contra mi, sin dudarlo planeaba volverla a ver dentro de poco.

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